Música de los 2000: la década que cambió la forma de escuchar
Los 2000: cuando la música dejó de caber en una sola habitación
Durante mucho tiempo tuve una sospecha.
Que algo se había perdido.
No sabía exactamente qué era, pero cuando pensaba en los años 60 y 70 aparecían demasiados monstruos: The Beatles, Led Zeppelin, Pink Floyd, Queen, David Bowie, Black Sabbath, The Rolling Stones… Canciones que parecían haber llegado al mundo para quedarse.
Después pensaba en los 2000 y mi memoria hacía algo extraño: recordaba muchos éxitos, muchos artistas, muchos discos, pero me costaba encontrar esa sensación de “esto acaba de cambiar las reglas”.
Tal vez el problema no estaba en los 2000.
Tal vez estaba en nosotros.
Porque cuando uno mira la década con un poco más de calma, descubre algo bastante más interesante: los 2000 no fueron una década en la que la música se quedó sin ideas. Fueron una década en la que aparecieron tantas escenas, mezclas y caminos distintos que la música dejó de caber en una sola habitación.
Y eso cambia completamente la historia.
Una década que comenzó mirando hacia atrás… y terminó mirando hacia todas partes
El nuevo milenio llegó con una especie de resaca musical.
Los músicos de los 2000 heredaron prácticamente todo lo que las décadas anteriores habían construido: rock, soul, funk, disco, punk, heavy metal, hip-hop, jazz, electrónica, reggae, música latina…
Había una biblioteca enorme de ideas.
Y quizá por eso la gran pregunta ya no era necesariamente:
“¿Qué género nuevo vamos a inventar?”
Sino:
“¿Qué podemos hacer con todo lo que ya existe?”
Eso puede sonar menos espectacular que decir que alguien inventó el rock, el punk o el hip-hop.
Pero cuando uno observa la década con atención, descubre que la respuesta fue: bastante.
El estudio de la evolución de la música popular estadounidense realizado sobre aproximadamente 17,000 canciones del Billboard Hot 100 entre 1960 y 2010 encontró grandes revoluciones estilísticas alrededor de 1964, 1983 y 1991. No encontró una simple caída progresiva de la diversidad musical.
Eso resulta interesante porque nos obliga a abandonar una idea cómoda: que cada década tiene que superar a la anterior inventando algo completamente nuevo.
No funciona así.
A veces una generación no rompe la puerta.
A veces toma todas las puertas que dejaron abiertas los anteriores y construye una casa bastante más grande.

El hip-hop dejó de ser una escena para convertirse en un idioma
Si hubiera que elegir uno de los grandes logros musicales de los 2000, este estaría muy arriba.
El hip-hop ya era enorme antes de la década, por supuesto. Pero durante los 2000 terminó de instalarse como uno de los principales lenguajes de la música popular.
Eminem convirtió sus experiencias, conflictos y personajes en canciones que podían llegar a públicos gigantescos.
OutKast demostró que el hip-hop podía convivir tranquilamente con funk, soul, pop, psicodelia y electrónica.
Kanye West llevó la producción del rap hacia territorios cada vez más ambiciosos.
Missy Elliott convirtió el estudio y el videoclip en un laboratorio.
Jay-Z consolidó una carrera que convirtió al rap en una forma de narrativa personal, empresarial y cultural.
Y mientras todo eso sucedía, el género seguía mutando.
Ya no era necesario preguntar si el hip-hop pertenecía al pop.
El hip-hop estaba ayudando a definir qué era el pop.
Quizá por eso algunas de las canciones más recordadas de la década ni siquiera encajan cómodamente en una sola etiqueta.
“Hey Ya!” de OutKast, por ejemplo, podía hacer bailar a alguien que jamás habría comprado un disco de rap.
Y probablemente ahí estaba parte de la magia de los 2000: las fronteras empezaban a parecer sugerencias.
El R&B también estaba haciendo de las suyas
Mientras algunos seguíamos pendientes de las guitarras, el R&B estaba construyendo una de las grandes columnas vertebrales del pop contemporáneo.
Beyoncé, Alicia Keys, Usher, Mary J. Blige y otros artistas llevaron una tradición vocal y rítmica heredada del soul y del R&B hacia una producción completamente contemporánea.
Beyoncé es quizá el ejemplo más evidente.
Primero con Destiny’s Child y después como solista, consiguió convertir técnica vocal, espectáculo, composición, baile, imagen y producción en una sola maquinaria artística.
En 2009 ganó seis GRAMMY en una sola noche, un récord para una artista femenina en ese momento.
No era solamente una estrella pop.
Era la demostración de que la cantante podía ser, simultáneamente, intérprete, productora de imagen, bailarina, empresaria y centro creativo de un proyecto musical gigantesco.
Y eso también era una característica de los 2000:
el artista comenzó a convertirse cada vez más en un universo completo.
El rock no murió. Se multiplicó.
Aquí conviene detenernos.
Porque durante años se repitió aquello de que el rock estaba muerto.
El rock probablemente escuchó eso y respondió:
“Bueno, pero ¿en qué país?”
Porque mientras el mainstream se llenaba de pop, hip-hop y R&B, el rock estaba teniendo una especie de división celular.
The Strokes recuperaron una estética de garage rock y ayudaron a desencadenar una nueva ola de bandas.
The White Stripes demostraron que dos personas podían hacer muchísimo ruido.
Arctic Monkeys llegaron desde internet y terminaron convirtiéndose en una de las bandas británicas más importantes de su generación.
The Killers, Franz Ferdinand, Interpol, Queens of the Stone Age, Muse, Coldplay y Arcade Fire tomaron caminos completamente diferentes.
Y Radiohead…
Bueno, Radiohead decidió que si ya habían hecho suficiente con el rock, podían empezar a jugar con electrónica, experimentación y estructuras cada vez más difíciles de clasificar.
El rock no desapareció.
Dejó de tener una sola dirección.
Y quizá eso explica parte de nuestra confusión.
Ya no había un solo movimiento rockero que pareciera representar a toda una generación.
Había muchos.
Y mientras tanto, el metal estaba construyendo mundos
Aquí sí tenemos que detenernos un poco más.
Porque si uno mira los 2000 solamente desde el Billboard Hot 100, puede perderse una parte enorme de la historia.
El metal estaba viviendo una década extraordinariamente fértil.
Nightwish llevó el metal sinfónico a dimensiones internacionales.
Sonata Arctica y Stratovarius mantuvieron y expandieron el universo del power metal.
Haggard mezclaba metal con música clásica y elementos medievales.
Opeth llevó el metal progresivo hacia estructuras larguísimas, cambios de dinámica, pasajes acústicos y una complejidad que hacía parecer que alguien había decidido meter varias bandas dentro de una sola canción.
Tool siguió explorando territorios progresivos y experimentales.
Mastodon amplió las posibilidades del metal moderno.
System of a Down llevó estructuras poco convencionales y una enorme personalidad al mainstream.
Y después apareció toda una nueva generación de metalcore y derivados.
Mientras algunos se preguntaban dónde estaban los nuevos Led Zeppelin, una parte del metal estaba ocupada haciendo algo bastante más práctico:
construir sus propios universos.
Y aquí aparece una de las lecciones de esta década.
Una canción no necesita convertirse en número uno del mundo para representar un logro musical.
A veces una escena entera puede estar haciendo cosas extraordinarias mientras el resto del planeta está escuchando otra cosa.

Y entonces llegó el pop-punk… con el pelo que todos fingimos no haber tenido
Los 2000 también convirtieron algunas escenas juveniles en auténticos fenómenos culturales.
Blink-182, Green Day, Sum 41, Good Charlotte, Simple Plan y Avril Lavigne ayudaron a llevar el pop-punk a públicos enormes.
Después llegarían Fall Out Boy, My Chemical Romance, Paramore y Panic! at the Disco.
Y aquello ya no era solamente música.
- Era ropa.
- Era peinado.
- Era maquillaje.
- Era fotografía.
- Era internet.
- Era identidad.
Para muchos adolescentes, una banda no era simplemente una banda.
Era una manera de decir:
“Así soy yo.”
La escena emo, por ejemplo, encontró en MySpace un territorio perfecto para crecer. Internet permitía que las bandas mostraran su música, fotografías y personalidad directamente a sus posibles seguidores.
La música comenzaba a escapar de los filtros tradicionales.
Ya no necesitabas que una estación de radio descubriera una banda.
A veces bastaba con que alguien la encontrara en internet y dijera:
“Escuchen esto.”
El reguetón estaba preparando una revolución que todavía no entendíamos
Y aquí tenemos uno de los acontecimientos más importantes de toda la década.
En 2004 apareció “Gasolina”.
Daddy Yankee no inventó de la nada el reguetón, pero la canción consiguió algo enorme: llevó un sonido que tenía profundas raíces caribeñas hacia públicos que anteriormente prácticamente no lo conocían.
“Gasolina” llegó al número 32 del Billboard Hot 100 y se convirtió en una puerta de entrada al reguetón para una audiencia internacional.
En 2005 fue la primera canción de reguetón nominada a Grabación del Año en los Latin GRAMMY.
Y lo verdaderamente importante ocurrió después.
El reguetón no se quedó como una curiosidad de mediados de los 2000.
Se convirtió en una de las bases de la música latina contemporánea.
Hoy puede parecer inevitable.
En aquel momento no lo era.
Y quizá eso sea uno de los mayores logros de la década:
una escena que durante mucho tiempo había sido tratada como periférica terminó convirtiéndose en uno de los lenguajes musicales más importantes del planeta.
La música en español también estaba dejando de pedir permiso
Los 2000 fueron una década particularmente importante para la música de habla española.
Y no solamente por los artistas que consiguieron éxitos internacionales.
En 2000 aparecieron los Latin GRAMMY, creando una plataforma internacional dedicada específicamente a reconocer la diversidad de la música latina.
Eso ocurrió justo cuando una nueva generación estaba consiguiendo que la música latina tuviera una presencia internacional cada vez mayor.
- Shakira.
- Juanes.
- Alejandro Sanz.
- Juan Luis Guerra.
- Calle 13.
- Julieta Venegas.
- Café Tacvba.
- Maná.
- Don Omar.
- Daddy Yankee.
- Wisin & Yandel.
- Y muchos más.
No todos hacían lo mismo.
Y eso es precisamente lo interesante.
Había pop, rock, salsa, bachata, música mexicana, urbano, merengue y fusiones de todo tipo.
La música latina no era un género.
Era un continente musical entero.
Shakira hizo algo particularmente interesante
Después de conquistar el mercado internacional con Laundry Service, podría haber seguido haciendo exactamente lo que funcionaba.
En cambio, en 2005 regresó con un álbum principalmente en español: Fijación Oral Vol. 1.
El resultado fue extraordinario.
El álbum debutó en el número 4 del Billboard 200, el debut más alto conseguido hasta entonces por un álbum completamente en español en esa lista.
Y en los Latin GRAMMY de 2006, Shakira se convirtió en la primera artista femenina en ganar simultáneamente Grabación del Año, Álbum del Año y Canción del Año.
Eso dice mucho de la década.
La música en español no tenía necesariamente que convertirse en música anglosajona para ser internacional.
Podía viajar hablando su propio idioma.
La electrónica decidió salir de la discoteca
Mientras todo esto sucedía, otro mundo estaba expandiéndose.
Daft Punk, The Chemical Brothers, Moby, Justice, Air, Basement Jaxx y otros artistas ayudaron a llevar la electrónica a terrenos cada vez más cercanos al pop y al rock.
Discovery, de Daft Punk, publicado en 2001, es un excelente ejemplo: house, funk, disco, pop, melodías pegadizas y una estética visual que parecía salida de un anime futurista.
Y entonces llegó Gorillaz.
Una banda cuyos integrantes eran personajes animados.
Sí.
Y funcionó.
Demon Days convirtió aquella idea aparentemente disparatada en un proyecto musical de enorme alcance, mezclando hip-hop, electrónica, rock, pop y otros estilos. “Feel Good Inc.” incluso ganó un GRAMMY.
La música estaba empezando a demostrar que ya no necesitaba respetar demasiado las reglas sobre qué debía ser una “banda”.
La tecnología cambió la música, pero no solamente por los aparatos
Aquí aparece el famoso MP3.
Napster había comenzado a finales de los 90, pero durante los 2000 la transformación se volvió cotidiana.
Llegaron los reproductores MP3.
Llegó el iPod.
Llegaron las descargas digitales.
Llegaron los teléfonos con música.
Y la industria discográfica descubrió, con cierto retraso, que quizá vender un álbum completo a una persona que solamente quería una canción no era el futuro.
Pero ocurrió algo todavía más importante.
La música comenzó a desprenderse del objeto.
Ya no necesitabas necesariamente un disco.
Podías llevar cientos o miles de canciones en el bolsillo.
Podías mezclar en una misma lista a Iron Maiden, Shakira, Eminem, Nightwish y Juanes.
Y quizá sin darnos cuenta, el concepto de “mi música” comenzó a sustituir al concepto de “mis discos”.
Después apareció YouTube en 2005.
Y entonces el videoclip dejó de depender completamente de la televisión musical.
MTV había sido durante décadas una especie de portero que decidía qué videos merecían llegar a millones de personas.
Ahora cualquiera podía subir un video.
Bueno…
Cualquiera que tuviera una cámara, una computadora y suficiente paciencia para sobrevivir a una conexión de internet que tardaba una eternidad en cargar un video.
Pero la puerta ya estaba abierta.
Y mientras internet cambiaba la distribución, el estudio cambiaba la creación
La grabación digital y herramientas como Pro Tools hicieron cada vez más sencillo editar, cortar, repetir, afinar y experimentar.
El estudio dejó de ser únicamente el lugar donde una banda registraba lo que sabía tocar.
Podía convertirse en un instrumento.
Esto tuvo consecuencias enormes.
La voz podía editarse.
Las baterías podían corregirse.
Las guitarras podían duplicarse.
Una canción podía construirse capa por capa.
El Auto-Tune pasó de ser una herramienta relativamente invisible a convertirse incluso en un efecto estético.
La frontera entre “lo que un músico toca” y “lo que una producción puede construir” comenzó a hacerse cada vez más borrosa.
Y esa discusión nos acompañaría mucho más allá de los 2000.
La transformación no fue solamente musical: durante los 2000 la industria comenzó a desplazarse de los formatos físicos hacia el consumo digital. Los datos históricos de IFPI permiten ver claramente esa transformación.
Pero los 2000 también fueron una década de semillas
Esta quizá sea la parte que más me gusta cuando miramos la década desde hoy.
Muchas cosas que todavía no parecían gigantes estaban creciendo.
El K-pop comenzaba a construir una maquinaria internacional cada vez más sofisticada.
El grime y posteriormente el dubstep estaban desarrollando nuevas formas de electrónica y cultura urbana en Reino Unido.
En África comenzaban a consolidarse escenas que después tendrían una presencia internacional mucho mayor.
Y la música latina estaba creando las condiciones para que el mundo que conoceríamos durante los 2010 fuera posible.
Los 2000 no solamente produjeron éxitos.
Produjeron infraestructura cultural.
Entonces, ¿dónde quedaron aquellas canciones gigantes?
Después de recorrer todo esto, quizá convenga volver a aquella sospecha del principio.
¿De verdad los 2000 fueron una década de menor creatividad?
Los datos no permiten afirmarlo de una manera tan sencilla. Un estudio que analizó alrededor de 17,000 canciones del Billboard Hot 100 entre 1960 y 2010 no encontró una progresiva desaparición de la diversidad musical.
Pero existe otra investigación que encontró una disminución de la diversidad lírica y una reducción del número de canciones diferentes que alcanzaban el Hot 100 a lo largo de varias décadas.
¿Contradicción?
No necesariamente.
Porque diversidad musical, innovación, éxito comercial y permanencia cultural no son la misma cosa.
Una canción puede ser extraordinariamente innovadora y no convertirse en un clásico mundial.
Una canción puede ser sencillísima y quedarse para siempre.
Y una canción puede ser gigantesca durante tres meses y desaparecer de nuestra memoria antes de que termine la década.
Además, nosotros tenemos una trampa enorme:
recordamos las obras maestras del pasado y olvidamos sus canciones mediocres.
De 1967 recordamos a los monstruos.
No necesariamente recordamos las canciones que nadie escucha desde 1967.
Eso hace que cualquier década pasada parezca sospechosamente brillante.
Tal vez el verdadero logro de los 2000 fue otro
Los 60 y 70 tuvieron enormes revoluciones.
Los 80 transformaron el sonido, la imagen y la relación entre música y televisión.
Los 90 produjeron nuevas rupturas y llevaron muchas escenas alternativas al centro.
Pero los 2000 hicieron algo diferente.
Multiplicaron los centros de gravedad.
El hip-hop crecía.
El R&B dominaba buena parte del pop.
El rock se fragmentaba.
El metal construía mundos propios.
El emo convertía la música en identidad juvenil.
La electrónica se mezclaba con todo.
El reguetón comenzaba su conquista internacional.
La música latina ganaba espacio.
El K-pop empezaba a construir su maquinaria.
Internet permitía que escenas pequeñas encontraran públicos enormes.
Y, al mismo tiempo, una canción podía viajar por el mundo sin necesitar necesariamente una disquera gigantesca detrás.
La música se estaba haciendo más grande precisamente porque estaba dejando de parecerse a una sola cosa.
Los 2000 no fueron el final de la gran música
Quizá aquella sensación de que los grandes hits pertenecen exclusivamente a otras décadas tenga algo de verdad.
Pero quizá también tenga mucho de nostalgia.
Tal vez pusimos a Hey Jude, Stairway to Heaven, Bohemian Rhapsody y tantas otras canciones monumentales en un pedestal tan alto que después esperamos que cada generación construyera otra catedral exactamente igual.
Y quizá no era esa la tarea de los 2000.
Los 2000 hicieron otra cosa.
Tomaron el enorme archivo musical que habían recibido y empezaron a mezclarlo, fragmentarlo, digitalizarlo, globalizarlo y llevarlo hacia lugares que todavía no terminábamos de entender.
El resultado no fue una sola revolución.
Fueron muchas revoluciones pequeñas ocurriendo al mismo tiempo.
Y quizá por eso, cuando miramos la década desde lejos, cuesta encontrar “la” historia.
Porque no hubo una sola.
Hubo demasiadas.
Los 2000 no fueron la década en que la música dejó de tener grandes ideas.
Fueron la década en que la gran música dejó de caber en una sola habitación.
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