La salvaje epopeya de John Bonham y la Harley Davidson en el hotel: ¡El rugido más ruidoso del Riot House!
Durante la cúspide de los años 70, Led Zeppelin no solo ostentaba el título de la banda de rock más grande del planeta, sino también el récord no oficial de las fiestas más caóticas en la historia de la hotelería. En el centro de este remolino de decibelios y excentricidades se encontraba el mítico Continental Hyatt House de Sunset Boulevard en Los Ángeles, rebautizado popularmente por los propios músicos como el «Riot House» (La Casa del Motín).
Y si el recinto se ganó semejante reputación, fue en gran medida gracias al genio indiscutible de las baquetas: John «Bonzo» Bonham.

John Bonham y la Harley Davidson en el hotel: El derrape del piso 11
En el caluroso verano de 1972, tras agotar todas las entradas en el Great Western Forum, la banda regresó a su piso reservado en el Hyatt. Mientras Jimmy Page y Robert Plant descansaban, a Bonham le pareció que la noche estaba demasiado tranquila. Tras alquilar una reluciente motocicleta Harley-Davidson con la excusa de salir a dar una vuelta por Los Ángeles, tomó una decisión mucho más audaz: subir la motocicleta por el ascensor de servicio directamente hasta el piso 11.
Ante la mirada atónita de los huéspedes que asomaban la cabeza por las puertas, el estruendo del motor V-Twin retumbó en los estrechos pasillos. La combinación de John Bonham y la Harley Davidson en el hotel convirtió la elegante alfombra roja en una pista improvisada de dirt track.
Con una cerveza en la mano y la melena al viento, «Bonzo» aceleró a fondo, dejando marcas de neumático quemado fuera de las suites y haciendo caballitos mientras saludaba al personal de limpieza con su atronadora risa británica.
«¡Servicio a la habitación sobre dos ruedas!»: La reacción del manager
Cuando el mánager del hotel subió despavorido para exigir explicaciones por el estruendo que sacudía el edificio, el mítico representante de la banda, Peter Grant, respondió con una serenidad pasmosa. En lugar de disculparse o regañar al baterista, saco su billetera y pagó en efectivo los daños de la alfombra, los parches de pintura y una generosa propina para el personal.
Aparentemente, la única condición que puso Grant fue que Bonham pudiera dar una última vuelta antes de apagar el motor.

De la travesura a la leyenda inmortal del rock
La anécdota se convirtió de inmediato en parte del folklore ineludible del rock and roll. Revistas históricas como faroutmagazine han rememorado esta locura como el momento cumbre en que el turismo hotelero y el espíritu indomable del rock chocaron de frente.
El mismísimo Robert Plant recordaría años más tarde que el verdadero encanto de Bonham no era la destrucción maliciosa, sino su entusiasmo infantil por convertir cualquier lugar cotidiano en su parque de atracciones personal.
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Al final, la alfombra del piso 11 tuvo que ser reemplazada por completo, pero la imagen de John Bonham acelerando una Harley por los pasillos quedó grabada para siempre en la mitología del rock and roll.
