Música de los 2010s: cuando el streaming cambió las reglas
Los 2010: la década que creí que no había cambiado la música
Yo tuve la impresión de que en los 2010 no ocurrió nada especialmente interesante en la música.
No digo que no hubiera canciones buenas. Las había. Tampoco faltaron artistas enormes, discos importantes o conciertos memorables. Pero si alguien me hubiera preguntado qué había definido musicalmente aquella década, probablemente habría tardado demasiado en contestar.
Pensaba en los 60 y aparecían los Beatles, Hendrix, los Rolling Stones.
Pensaba en los 70 y aparecían Led Zeppelin, Pink Floyd, Queen, el punk, el nacimiento del metal, el funk, la música disco.
Pensaba en los 80 y ahí estaban MTV, Michael Jackson, Madonna, el hip-hop, el new wave, el heavy metal.
Pensaba en los 90 y aparecían Nirvana, el britpop, el hip-hop, la electrónica, el rock latino.
¿Y los 2010?
Durante un tiempo tuve la sensación de que no había ocurrido algo equivalente.
Pero entonces hice algo peligroso: me puse a revisar la década.
Y descubrí que quizá el problema no estaba en los 2010.
Estaba en la pregunta que yo les estaba haciendo.
Yo estaba buscando una revolución
Creo que esperaba encontrar un momento concreto.
Una canción.
Un género.
Una banda.
Algo que pudiera señalar y decir:
“Aquí está. Esto cambió la música.”
Pero los 2010 no parecían interesados en regalarme una respuesta tan sencilla.
Porque mientras yo buscaba una nueva revolución musical, la música estaba haciendo algo bastante más extraño:
estaba multiplicándose.
La década comenzó todavía con un pie en el mundo del CD y las descargas digitales y terminó con millones de personas llevando en el bolsillo acceso prácticamente inmediato a una cantidad de música que habría parecido absurda unos años antes.
Spotify, YouTube, redes sociales, playlists y algoritmos no fueron simplemente nuevas herramientas para escuchar música.
Cambiarían la manera de descubrirla.
Y también cambiarían la manera de hacerla, promocionarla y convertir una canción en un éxito.
La música ya no tenía que esperar a que una emisora decidiera ponerla.
Ni siquiera necesitaba necesariamente una tienda para venderla.
Una canción podía aparecer en internet, encontrar una audiencia y comenzar a viajar.
Y entonces comprendí la primera rareza de los 2010:
la revolución más importante de la década no siempre se escuchaba.
A veces se encontraba en la forma en que escuchábamos.
La canción empezó a competir con el álbum
Durante buena parte de mi vida musical, el álbum había sido una especie de territorio.
Comprabas un disco, lo ponías y entrabas en él.
Había canciones mejores y peores, pero el álbum tenía una identidad.
Los 2010 no acabaron con esa idea. Ni mucho menos.
Adele publicó 21.
Beyoncé convirtió su álbum de 2013 en una experiencia audiovisual.
Kendrick Lamar demostró que el hip-hop podía construir obras complejas, conceptuales y ambiciosas.
Taylor Swift pasó del country al pop y construyó una carrera gigantesca alrededor de sus propios cambios.
Daft Punk consiguió incluso que la electrónica ganara uno de los grandes reconocimientos de la música popular con Random Access Memories.
Había grandes álbumes.
Muchísimos.
Pero al mismo tiempo estaba ocurriendo algo nuevo.
La canción individual podía viajar muchísimo más rápido que el álbum.
Una canción podía aparecer en una playlist, un video, un meme, una red social o una recomendación automática y alcanzar una audiencia que no necesariamente conocía el resto del disco.
El viejo camino:
álbum → sencillo → radio → público
estaba dando paso a algo parecido a:
canción → plataforma → algoritmo → público.
Y eso iba a cambiarlo todo.

El hip-hop ya no estaba entrando a la fiesta
Había otra cosa que quizá no estaba viendo.
El hip-hop llevaba décadas creciendo.
Pero en los 2010 ya no tenía que pedir permiso para ocupar el centro de la música popular.
Drake, Kanye West, Kendrick Lamar, Nicki Minaj, J. Cole, Future y muchos otros artistas demostraron que el rap podía producir éxitos gigantescos, obras conceptuales, experimentación sonora y estrellas internacionales.
El hip-hop ya no era simplemente un género.
Se había convertido en uno de los principales lenguajes de la música popular.
Y además empezó a mezclarse con casi todo.
Hip-hop y R&B.
Hip-hop y pop.
Hip-hop y electrónica.
Hip-hop y rock.
Hip-hop y música latina.
Hip-hop y prácticamente cualquier cosa que tuviera un ritmo susceptible de ser transformado.
Eso empezaba a repetirse por todas partes.
Los géneros no necesariamente estaban desapareciendo.
Se estaban contaminando unos a otros.
Y quizá esa era una de las características fundamentales de la década.
El pop también dejó de tener una sola cara
Adele podía vender millones cantando desde una tradición relativamente clásica de soul y pop.
Beyoncé podía mezclar R&B, pop, hip-hop y una enorme construcción audiovisual.
Bruno Mars podía mirar hacia el funk y el soul de décadas anteriores.
The Weeknd podía tomar R&B, electrónica y pop oscuro y convertirlos en éxitos mundiales.
Taylor Swift podía pasar del country al pop.
Y mientras tanto, artistas como Lana Del Rey construían otra clase de pop, mucho más atmosférico y cinematográfico.
No había una única fórmula.
Había muchas.
Y todas podían convivir.
Incluso la música electrónica cambió de lugar
Yo podía pensar en la electrónica como una escena separada.
Pero durante los 2010 dejó de estar tan separada.
David Guetta, Calvin Harris, Avicii, Skrillex, Swedish House Mafia, Martin Garrix y muchos otros llevaron sonidos de clubes y festivales directamente al centro del pop.
La electrónica ya no era necesariamente “la música que estaba en otro lugar”.
Podía ser la estructura de una canción pop.
Podía ser el espectáculo.
Podía ser el festival.
Podía ser el sonido de una generación.
Y, al mismo tiempo, Daft Punk podía mirar hacia atrás y recuperar disco, funk y soul para construir algo completamente contemporáneo.
Otra vez aparecía la misma fórmula:
pasado + tecnología + mezcla.
Mientras tanto, el rock seguía vivo
Aquí tengo que hacer una pausa.
Porque si uno mira los 2010 únicamente desde las listas de éxitos puede llegar a la conclusión de que el rock desapareció.
No.
Simplemente dejó de ocupar el centro de la conversación popular de la misma manera.
Arctic Monkeys, Muse, Queens of the Stone Age, The Black Keys, Foo Fighters, Royal Blood, Ghost y muchas otras bandas siguieron haciendo música importante.
Y el metal tampoco se quedó congelado.
Gojira, Mastodon, Ghost, Meshuggah, Opeth, Sabaton, Avenged Sevenfold y muchas otras bandas continuaron ampliando sus respectivos territorios.
El metal podía ser progresivo, extremo, melódico, teatral, experimental o accesible.
No necesitaba aparecer constantemente en el mainstream para seguir evolucionando.
Y eso me hizo pensar en algo:
quizá también estaba confundiendo popularidad con importancia.
En España estaban derribando paredes
Y entonces llegamos a España.
Aquí la historia se vuelve especialmente interesante.
A comienzos de la década existía una escena indie muy activa.
Vetusta Morla, Love of Lesbian, Izal, Supersubmarina y muchos otros artistas demostraban que todavía existía un público enorme para bandas que no dependían necesariamente de la vieja maquinaria de las grandes discográficas.
Pero algo empezó a cambiar.
Rap.
Trap.
Reguetón.
Flamenco.
Electrónica.
Pop.
Las fronteras comenzaron a hacerse menos importantes.
C. Tangana, Yung Beef, La Zowi, Dellafuente y otros artistas surgieron desde circuitos que inicialmente parecían muy alejados del mainstream.
Y después apareció Rosalía.
Cuando El Mal Querer llegó en 2018, resultaba difícil meterlo en una sola casilla.
Había flamenco.
Había pop.
Había electrónica.
Había hip-hop.
Había una estética completamente contemporánea.
No era simplemente una artista española adoptando una moda extranjera.
Era una artista utilizando una tradición española para construir algo que podía viajar por el mundo.
Y entonces entendí otra cosa:
la mezcla no era una consecuencia accidental de los 2010. Era uno de sus lenguajes.
En Argentina el camino fue distinto
Argentina tenía una de las tradiciones de rock más importantes de América Latina.
Y durante los 2010 el rock no desapareció.
Pero aparecieron nuevas escenas.
El indie encontró una nueva generación de bandas.
Él Mató a un Policía Motorizado se convirtió en una referencia mucho más allá del circuito independiente.
Y después llegó algo que al principio podía parecer incluso menos relacionado con la industria musical tradicional:
el freestyle.
Las batallas.
Las plazas.
YouTube.
El Quinto Escalón.
Una generación comenzó a construir su identidad musical desde lugares que no se parecían demasiado a la vieja ruta:
discográfica → álbum → radio → fama.
Ahora podía ser:
plaza → batalla → video → millones de reproducciones → carrera profesional.
Y de ahí surgiría buena parte de la nueva escena argentina del trap.
Duki.
Khea.
Paulo Londra.
Nicki Nicole.
Trueno y otros artistas que consolidarían su presencia poco después.
La música argentina estaba demostrando algo que los 2010 repetirían en muchos países:
el camino hacia el éxito se había vuelto mucho menos predecible.
Y México estaba haciendo varias cosas al mismo tiempo
Aquí la historia se vuelve todavía más complicada.
Porque mientras una parte del público seguía escuchando rock e indie —Zoé, Enjambre, Siddhartha, Porter, Little Jesus, Carla Morrison, Natalia Lafourcade y muchos otros—, el regional mexicano continuaba siendo una fuerza enorme.
Banda MS.
Calibre 50.
Julión Álvarez.
La Arrolladora.
Jenni Rivera.
Ariel Camacho.
Y mientras tanto aparecían nuevas escenas urbanas.
Reguetón.
Trap.
Rap.
Electrónica.
La Ciudad de México comenzaba a convertirse también en un espacio de experimentación donde géneros que antes parecían separados podían encontrarse.
No había una música mexicana de los 2010.
Había muchas músicas mexicanas.
Y todas estaban sucediendo simultáneamente.
Entonces ocurrió algo que sí me obligó a mirar dos veces
Despacito.
Luis Fonsi y Daddy Yankee.
Una canción en español convertida en un fenómeno planetario.
Pero lo importante no era únicamente que una canción latina hubiera conseguido un éxito enorme.
Lo verdaderamente interesante era lo que representaba.
La música latina ya no estaba esperando entrar al mercado internacional como invitada.
Estaba ayudando a definirlo.
Y después llegarían más colaboraciones, más artistas y una presencia cada vez mayor de la música urbana latina en las listas internacionales.
Yo podía no escuchar reguetón.
Eso no cambiaba el hecho histórico.
Y quizá precisamente ahí estaba el error de mi percepción inicial.
Confundía mi relación personal con una música con la importancia que esa música estaba adquiriendo en el mundo.
Son dos cosas completamente distintas.

Y entonces apareció Corea
Si alguien me hubiera dicho al comenzar los 2010 que una canción en coreano iba a convertirse en uno de los fenómenos más reconocibles de la década, probablemente habría parecido una apuesta bastante extraña.
Entonces llegó PSY.
“Gangnam Style”.
YouTube ayudó a convertir aquella canción en un fenómeno mundial.
Y después llegó BTS.
Lo que había comenzado como una escena que para muchos públicos occidentales parecía completamente ajena terminó convirtiéndose en una de las mayores fuerzas del pop internacional.
Y aquí la historia volvía a repetirse.
La barrera del idioma comenzaba a importar menos.
Porque si una canción podía viajar directamente desde Seúl hasta millones de pantallas en cualquier parte del mundo, ¿qué necesidad había de que estuviera cantada en inglés?
Y no era solamente Corea
Nigeria también estaba aumentando su presencia.
Afrobeats comenzó a viajar con artistas como Wizkid y Davido.
El Reino Unido seguía produciendo nuevas escenas.
Latinoamérica estaba exportando reguetón y trap.
España estaba mezclando flamenco con música urbana.
Argentina estaba convirtiendo el freestyle en cantera de artistas.
México mantenía gigantescas escenas regionales mientras desarrollaba nuevas escenas urbanas.
La música ya no parecía tener un único centro.
El mapa se estaba llenando de centros.
Entonces entendí por qué los 2010 me habían parecido tan raros
Yo estaba buscando una década que funcionara como las anteriores.
Quería encontrar un sonido dominante.
Un movimiento.
Una revolución.
Una escena que explicara todo.
Pero los 2010 no funcionaban así.
En una misma década podían coexistir:
metal y trap.
country y hip-hop.
K-pop y reguetón.
jazz y R&B.
flamenco y electrónica.
indie y regional mexicano.
Afrobeats y pop.
folk y música electrónica.
Y ninguno necesitaba necesariamente eliminar al otro.
Eso era nuevo.
O, por lo menos, había alcanzado una dimensión nueva.
La década en que la música dejó de tener un centro
Quizá por eso mi impresión inicial no era completamente absurda.
Si durante décadas habíamos aprendido a reconocer las revoluciones musicales por su capacidad para crear un nuevo centro, los 2010 podían parecer desconcertantes.
No había un centro.
Había muchos.
Y además Internet permitía que cada uno encontrara a su propio público.
El aficionado al metal podía seguir escuchando metal.
El fan del reguetón podía vivir en su propio universo.
El amante del K-pop podía descubrir artistas al otro lado del planeta.
El público del indie podía construir sus propias comunidades.
Y todos podían escuchar música diferente desde el mismo teléfono.
La música popular se había convertido en una especie de enorme ciudad.
Ya no había una sola plaza principal donde todos nos encontráramos.
Había miles de calles.
Y entonces aparece la verdadera revolución
Quizá la gran revolución de los 2010 no fue musical en el sentido tradicional.
No fue una guitarra.
No fue un sintetizador.
No fue un ritmo.
Fue la desaparición de muchas de las fronteras que habían organizado la música durante décadas.
La frontera entre mainstream y underground.
Entre países.
Entre géneros.
Entre idiomas.
Entre artista y público.
Entre canción y contenido audiovisual.
Entre escuchar un disco y descubrir una canción.
Entre una escena local y una audiencia mundial.
Todo empezó a mezclarse.
Y ahí estaba el gran acontecimiento que yo no había sabido reconocer.
¿Entonces los 2010 tuvieron grandes canciones?
Por supuesto.
Tuvieron a Adele.
A Beyoncé.
A Kendrick Lamar.
A Taylor Swift.
A Drake.
A Bruno Mars.
A The Weeknd.
A Daft Punk.
A Rosalía.
A los grandes nombres del urbano latino.
A artistas de K-pop.
A músicos africanos que comenzaron a conquistar públicos internacionales.
A nuevas generaciones de rock y metal.
A una enorme cantidad de artistas que quizá nunca ocuparon el lugar simbólico de los Beatles o Led Zeppelin, pero que estaban construyendo carreras y escenas capaces de sobrevivir fuera del viejo sistema.
El problema era otro.
Había demasiadas historias sucediendo al mismo tiempo.
Y quizá por eso me equivoqué
Al comenzar esta historia pensé que los 2010 habían sido una década en la que no había ocurrido nada especialmente interesante.
Después de revisarla, creo que la frase necesita una pequeña corrección.
No fue una década sin grandes acontecimientos musicales.
Fue una década en la que los acontecimientos dejaron de concentrarse en un solo lugar.
Yo estaba buscando la revolución.
Los 2010 estaban produciendo muchas.
Estaba buscando el género.
Los 2010 estaban mezclándolos.
Estaba buscando la gran canción.
Mientras tanto, millones de personas estaban descubriendo canciones completamente distintas unas de otras.
Y estaba buscando un nuevo centro de la música popular.
Pero la música ya no tenía uno.
Quizá esa sea la verdadera historia de los 2010.
No fueron la década en que la música encontró un nuevo sonido.
Fueron la década en que descubrimos que ya no necesitaba uno solo.
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Fuente: IFPI — Global Music Report 2019
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