¿Cómo era la música antes de 1920? Cuando los músicos empezaron a convertirse en estrellas

Mucho antes de los rockstars ya existían fenómenos de fans; Liszt llegó a provocar una auténtica “Lisztomanía”

¿Cómo era la música antes de 1920? Cuando los músicos empezaron a convertirse en estrellas

Si pensamos en una estrella de la música, probablemente imaginamos un escenario enorme, miles de personas gritando, fotografías por todas partes, discos, camisetas, redes sociales y una legión de fans siguiendo cada movimiento del artista.

Pero hubo un tiempo en que nada de eso existía.

No había Spotify, radio, televisión ni discos de vinilo. Tampoco existía la idea moderna de una superestrella musical. Para escuchar a un músico había que estar allí, comprar una partitura o esperar a que alguien volviera a interpretar aquella obra.

Y, sin embargo, mucho antes de 1920 ya estaban apareciendo algunas de las piezas que formarían el rompecabezas de la música moderna.

La historia comienza con compositores que dejaron de ser únicamente músicos al servicio de una corte, con virtuosos capaces de convertir un concierto en espectáculo, con públicos que comenzaron a seguir a determinados artistas y, finalmente, con una tecnología capaz de guardar un sonido para escucharlo después.

En otras palabras: antes de los rockstars, alguien tuvo que inventar al fan.

La música antes de 1920: del salón al espectáculo

Durante buena parte del siglo XVIII y principios del XIX, la música dependía enormemente del lugar donde se interpretaba. Había iglesias, cortes, teatros, salones privados y conciertos públicos.

Pero el crecimiento de los conciertos públicos fue cambiando la relación entre los músicos y su audiencia. La música empezó a salir de determinados círculos privados y a convertirse cada vez más en una experiencia pública. En el caso de Beethoven, por ejemplo, su propia época contribuyó a construir una imagen pública del compositor que terminaría siendo extraordinariamente poderosa. Estudios sobre su iconografía muestran que su figura fue representada y reproducida mientras todavía vivía, ayudando a convertir al compositor en un personaje reconocible para el público.

Ese cambio parece pequeño comparado con lo que ocurriría un siglo después, pero resulta fundamental.

El músico comenzaba a ser también una figura pública.

Beethoven: el compositor empieza a convertirse en personaje

Beethoven es un ejemplo perfecto de esta transformación.

No se trataba solamente de las obras que componía. Su personalidad, su apariencia y la manera en que era representado comenzaron a formar parte de la percepción pública de su música.

Un retrato de 1820 realizado por Joseph Karl Stieler terminó convirtiéndose en una de las imágenes más reproducidas del compositor y ayudó a fijar durante generaciones una determinada idea de cómo debía verse Beethoven.

Eso tiene una consecuencia interesante: la imagen del músico también empieza a vender la música.

Todavía no hablamos de una industria discográfica. Ni siquiera existe la posibilidad de escuchar una grabación de Beethoven interpretando sus propias obras.

Pero ya aparece algo que reconoceremos perfectamente en el siglo XX: el público no solamente consume una obra. También construye una relación con la persona que está detrás de ella.

Y entonces apareció alguien que llevó aquello a otro nivel.

Lisztomanía: cuando el público se volvió fan

Si alguien quiere demostrar que la cultura de fans no nació con The Beatles, puede empezar por Franz Liszt.

Durante sus grandes giras europeas de las décadas de 1830 y 1840, Liszt convirtió el recital de piano en un espectáculo centrado casi por completo en su propia figura. El Museo Memorial Franz Liszt señala que en 1839 ofreció uno de los primeros recitales completamente solistas, rompiendo con los programas mixtos que eran habituales.

El resultado fue extraordinario.

Sus conciertos provocaban una auténtica fiebre entre sus admiradores. El fenómeno llegó a ser conocido como “Lisztomanía”, término asociado al escritor Heinrich Heine para describir la excitación que provocaban las apariciones del pianista.

Y aquí aparece una imagen que parece sacada de la historia del rock.

El Museo Liszt de Viena documenta que durante esta etapa sus conciertos llegaron a realizarse sin asientos, que se comercializaban objetos relacionados con el artista y que Liszt perfeccionó deliberadamente su presencia escénica, utilizando gestos, expresiones, cabello y movimientos corporales como parte del espectáculo.

No había guitarras eléctricas.

No había amplificadores.

No había revistas de celebridades.

Pero había algo reconocible: un artista con una imagen pública, un espectáculo diseñado alrededor de su personalidad y un público dispuesto a convertirlo en fenómeno.

La cultura del fan acababa de encontrar uno de sus primeros grandes protagonistas.

Franz Liszt durante un recital ante un público fascinado durante la llamada Lisztomanía.

Verdi demuestra que una canción también puede convertirse en símbolo

El fenómeno de la estrella musical no se limitó al virtuosismo.

En el siglo XIX, la música también empezó a mezclarse de manera cada vez más visible con acontecimientos sociales y políticos.

Giuseppe Verdi ofrece un ejemplo especialmente interesante. Su ópera Nabucco y, en particular, el coro “Va, pensiero”, terminaron adquiriendo una enorme carga simbólica durante el Risorgimento italiano. El Museo Nacional del Risorgimento Italiano explica cómo el coro llegó a ser asociado con las aspiraciones de una Italia que buscaba su unidad.

Aquí la evolución es diferente.

Liszt convirtió al intérprete en espectáculo.

Verdi demuestra que una obra musical podía convertirse además en símbolo colectivo.

La música comenzaba a hacer algo que sería fundamental durante el siglo XX: conectar a un artista con una comunidad, una identidad o una causa.

Y entonces apareció una máquina capaz de guardar el sonido

Hasta aquí existía un problema enorme.

Podías ser famoso, tener seguidores y llenar una sala.

Pero cuando terminaba el concierto, terminaba también la experiencia.

Eso comenzó a cambiar en la segunda mitad del siglo XIX.

En 1857, Édouard-Léon Scott de Martinville desarrolló el fonoautógrafo, capaz de registrar visualmente las ondas sonoras aunque no podía reproducirlas. En 1877 llegó el fonógrafo de Thomas Edison, que sí podía registrar y reproducir sonido.

La tecnología todavía era rudimentaria, pero la idea era revolucionaria:

el sonido podía dejar de ser completamente efímero.

Después llegaron los cilindros de cera y otras mejoras. A finales de la década de 1880, Emile Berliner desarrolló el gramófono y el disco plano. La posibilidad de producir copias de una grabación fue especialmente importante porque permitía pensar en la música como un producto que podía reproducirse y distribuirse en cantidades mucho mayores.

A mediados de la década de 1890 comenzaron a consolidarse las primeras empresas de grabación y el disco empezó a competir con el cilindro. La propia Library of Congress sitúa en 1894 un momento decisivo en el comienzo de la gran industria discográfica.

La música acababa de dar un salto gigantesco.

Ya no era necesario estar presente.

Podías comprarla.

Podías conservarla.

Podías volver a escucharla.

Y, sobre todo, podías vender la misma interpretación a muchas personas.

Un gramófono y un disco plano representan el nacimiento de la música grabada como producto.

La evolución: de la estrella al producto musical

Aquí está la verdadera historia de la música antes de 1920.

No se trata solamente de descubrir qué música escuchaba la gente.

Se trata de entender cómo cambió la relación entre artista, público y música.

Primero estuvo el compositor.

Después apareció el intérprete convertido en virtuoso.

Luego llegó el artista como celebridad.

El público empezó a reconocer rostros, seguir carreras y acudir a conciertos motivado no solamente por una obra, sino por quién estaba sobre el escenario.

Después apareció la grabación.

Y con ella nació la posibilidad de transformar una interpretación en un objeto reproducible.

La Library of Congress señala que para 1896 Edison y Columbia ya ofrecían fonógrafos con motores de resorte a precios que ayudaban a convertirlos en objetos domésticos y las grabaciones en bienes de consumo.

El cambio es enorme.

Antes, para escuchar música había que encontrar al músico.

Ahora podía ser el músico quien llegara hasta tu casa.

El evento notable: la música deja de desaparecer cuando termina

Podríamos elegir muchos acontecimientos tecnológicos como punto de partida de esta transformación, pero el fonógrafo representa algo especialmente poderoso.

Por primera vez, una persona podía escuchar una voz o una interpretación registrada anteriormente.

La Library of Congress conserva incluso la historia del primer fonógrafo de Edison y señala que, aunque tradicionalmente se ha asociado su construcción con agosto de 1877, existe evidencia de que el aparato probablemente no estuvo terminado hasta finales de ese año.

Ese detalle aparentemente técnico cambia la historia cultural.

La música acababa de adquirir memoria.

Y esa memoria podía convertirse en mercancía.

A partir de ahí, la industria tendría que resolver otras preguntas: quién grababa, quién distribuía, quién cobraba, qué formatos sobrevivían, qué artistas vendían y cómo conseguir que una persona quisiera escuchar nuevamente la misma interpretación.

Esas preguntas nos llevarían directamente al siglo XX.

Lo que esta época dejó

Cuando llegamos a 1920, la música ya no es la misma que a comienzos del siglo XIX.

Existe una cultura de conciertos.

Existen músicos convertidos en figuras públicas.

Existe una cultura de admiradores.

Existe la posibilidad de convertir una actuación en espectáculo.

Existe una industria de grabaciones.

Y existe un público cada vez más acostumbrado a consumir música como un producto.

Todavía falta algo enorme: la radio y la verdadera cultura musical de masas.

Pero la pista ya está preparada.

Liszt había demostrado que un músico podía provocar algo parecido a una fiebre colectiva.

Beethoven había ayudado a consolidar la imagen del compositor como figura pública y cultural.

Verdi mostró que una obra podía convertirse en símbolo de una comunidad.

Edison y Berliner ayudaron a convertir el sonido en algo que podía conservarse, reproducirse y comercializarse.

Y todos ellos, desde lugares completamente distintos, dejaron piezas del mismo rompecabezas.

La historia que viene ya no será solamente la de los compositores.

Será la de los géneros, las grabaciones, las radios, los sellos discográficos, los conciertos, las listas de éxitos y, finalmente, las estrellas capaces de llenar estadios.

En otras palabras: los rockstars todavía no existían, pero el mundo ya estaba aprendiendo a fabricarlos.

La década de 1920 será el siguiente capítulo.

Y ahí la música comenzará a entrar de lleno en la era de las masas.

Si esta evolución te hace preguntarte si la tecnología cambió la música para bien o simplemente cambió la manera de consumirla, puedes continuar con nuestros Debates de música — Letras a GoGo.

¿Crees que ya conoces esta etapa de la historia musical? Pon a prueba lo que sabes en nuestras Trivias musicales — Letras a GoGo.

Para profundizar en el nacimiento de la grabación sonora y consultar documentos históricos, puedes visitar la colección [Emile Berliner and the Birth of the Recording Industry de la Library of Congress]. Library of Congress — Emile Berliner and the Birth of the Recording Industry

La frase para llevarse

En 1920 la historia no comienza. En 1920 cambia de velocidad.

“Antes de poder comprar una canción grabada, ya podías comprarla en papel.”

Experiencia: 😲 Sorprendente

Formato de Consumo: Historia profunda

Intención Principal: Evolución

Objeto Principal: Género

Tiempo de lectura: 10 minutos

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