Música de la década de 1920: cuando la música entró en la era de las masas

En los años veinte, la música comenzó a viajar hasta el público sin que el público tuviera que acudir al lugar donde tocaba el músico: la radio y los discos cambiaron para siempre la relación entre artistas y audiencia.

Música de la década de 1920: cuando la música entró en la era de las masas

Si antes de 1920 escuchar música significaba principalmente acudir a un teatro, un salón, un baile o sentarse frente a un piano, durante los años veinte ocurrió algo que cambiaría las reglas para siempre: la música comenzó a viajar hasta el público sin que el público tuviera que ir a buscarla.

Los discos ya existían, por supuesto. También existían las partituras, los músicos profesionales, los grandes espectáculos y las primeras estrellas de la grabación. Pero durante los años veinte estas piezas empezaron a encajar de una manera nueva.

La radio comenzó a transmitir regularmente. Los discos mejoraron. Las compañías independientes encontraron nuevos mercados. El jazz pasó de ser una música asociada especialmente con determinadas comunidades y ciudades a convertirse en uno de los sonidos característicos de la época. Y los músicos afroamericanos que habían desarrollado buena parte de esas innovaciones comenzaron a dejar una huella que se extendería por todo el siglo.

En 1920, la estación KDKA de Pittsburgh comenzó sus transmisiones regulares, un acontecimiento que suele considerarse un punto fundamental en el nacimiento de la radiodifusión comercial estadounidense. Su primera transmisión regular, el 2 de noviembre, combinó música y noticias con motivo de las elecciones presidenciales.

La pregunta ya no era solamente “¿quién está tocando?”.

Ahora empezaba a ser:

“¿Cuántas personas pueden escucharlo al mismo tiempo?”

Familia de los años veinte escucha la radio mientras un fonógrafo con un disco de 78 rpm permanece junto al receptor.

Los protagonistas: músicos que cambiaron la conversación

Los años veinte tuvieron muchas estrellas, pero algunas figuras ayudan a entender mejor qué estaba cambiando.

Louis Armstrong es fundamental. Después de trasladarse de Nueva Orleans a Chicago en 1922, su carrera entró en una etapa decisiva. En 1925 comenzaron las grabaciones de sus Hot Five y posteriormente Hot Seven, sesiones que la Library of Congress considera fundamentales para entender la evolución del jazz y del papel del solista.

Armstrong ayudó a cambiar la idea de lo que podía hacer un músico dentro de una banda. El instrumento ya no tenía que limitarse a formar parte de un conjunto perfectamente coordinado: podía convertirse en una voz individual, reconocible y protagonista. Smithsonian lo identifica como una figura decisiva en la consolidación del gran solista de jazz.

Bessie Smith representa otra transformación. En 1923 grabó “Down Hearted Blues”, una de las grabaciones fundamentales del blues clásico. La Library of Congress señala que aquel lanzamiento fue su primer gran éxito discográfico y el comienzo de una carrera discográfica extraordinaria.

Y mientras Armstrong y Smith llevaban nuevas posibilidades al jazz y al blues, Duke Ellington comenzaba a construir en Nueva York una trayectoria que terminaría transformando la música para grandes conjuntos. Su banda, iniciada en 1923 como The Washingtonians, se convertiría posteriormente en una de las grandes instituciones del jazz.

No estaban solos. King Oliver, Sidney Bechet, Fletcher Henderson, Jelly Roll Morton, Ma Rainey, Ethel Waters, Paul Whiteman, George Gershwin y muchos otros formaban parte de un panorama extraordinariamente diverso.

La curiosidad destacada: una canción podía viajar sin que el músico viajara

Hoy parece obvio que una canción puede cruzar un país en segundos. En los años veinte, aquello era una revolución.

Un músico podía grabar una interpretación en Nueva York y esa interpretación podía reproducirse después en hogares donde el artista jamás había estado. La radio llevaba esa lógica todavía más lejos: ya no era necesario comprar el disco para escuchar una interpretación transmitida.

La industria musical estaba comenzando a separar tres cosas que durante siglos habían estado mucho más unidas:

el lugar donde se hacía la música, el lugar donde se distribuía y el lugar donde se escuchaba.

Ese cambio es una de las claves para entender todo lo que vendría después.

Hoy parece obvio que una canción puede cruzar un país en segundos. En los años veinte, aquello era una revolución.

Un músico podía grabar una interpretación en Nueva York y esa interpretación podía reproducirse después en hogares donde el artista jamás había estado. La radio llevaba esa lógica todavía más lejos: ya no era necesario comprar el disco para escuchar una interpretación transmitida.

La industria musical estaba comenzando a separar tres cosas que durante siglos habían estado mucho más unidas:

el lugar donde se hacía la música, el lugar donde se distribuía y el lugar donde se escuchaba.

Ese cambio es una de las claves para entender todo lo que vendría después.

Uno de los acontecimientos menos vistosos, pero más importantes de la década ocurrió en 1925: la grabación eléctrica comenzó a implantarse comercialmente en las grandes compañías discográficas.

Hasta entonces, la grabación acústica dependía de sistemas mecánicos en los que el sonido era captado directamente mediante una bocina. La nueva tecnología permitía utilizar micrófonos y sistemas eléctricos de grabación, ampliando considerablemente el rango sonoro.

La Library of Congress sitúa en 1925 la introducción comercial de esta tecnología por Columbia y Victor, acompañada por la aparición de nuevos sistemas de reproducción como el Orthophonic Victrola.

De repente, el disco podía capturar con mucha más claridad voces e instrumentos que anteriormente resultaban difíciles de registrar.

No era solamente una mejora técnica.

Era una nueva forma de escuchar.

Músicos de jazz durante una recreación editorial de una sesión de grabación de mediados de los años veinte.

La evolución: del disco a la estrella nacional

Aquí está quizá la transformación más importante de la década.

Antes de 1920:

partitura → concierto → artista reconocido → grabación

Durante los años veinte:

disco + radio → audiencia masiva → estrella nacional

La música grabada había comenzado a convertir a intérpretes en celebridades. La radio amplió todavía más ese fenómeno.

El resultado fue una nueva relación entre público y artista. Una persona podía reconocer la voz de un cantante que jamás había visto en persona. Una interpretación podía convertirse en referencia para miles de músicos. Un género nacido en una comunidad podía terminar influyendo en públicos de otras ciudades y países.

Y la industria descubrió algo enorme:

la música podía venderse como experiencia, como producto y como personalidad.

Los sonidos de la década

Si hubiera que escoger cuatro grandes corrientes para entrar en los años veinte, el jazz y el blues estarían entre las imprescindibles, pero no serían las únicas.

El jazz estaba evolucionando rápidamente. Nueva Orleans había sido fundamental para su desarrollo, pero Chicago y Nueva York se convirtieron en centros decisivos. Armstrong, King Oliver, Ellington y otros músicos ampliaron las posibilidades de la improvisación y del trabajo en conjunto.

El blues también encontró en el disco un nuevo vehículo. Bessie Smith demostró el enorme potencial comercial de las grabaciones de cantantes de blues, en un mercado que incluía los llamados “race records”, dirigidos principalmente a públicos afroamericanos.

El ragtime seguía dejando huella, mientras nuevas formas de música bailable alimentaban una auténtica fiebre por los ritmos sincopados.

Y en el terreno de la música de concierto aparecieron obras que también buscaban dialogar con los nuevos sonidos populares. En 1924, George Gershwin estrenó Rhapsody in Blue, una obra que se convirtió en uno de los ejemplos más famosos de la interacción entre jazz y música de concierto estadounidense. Su primera grabación contó con Gershwin al piano y la orquesta de Paul Whiteman.

La frontera entre “música seria” y “música popular” no desapareció, pero empezó a volverse mucho más interesante.

Detrás de la música: una industria que estaba aprendiendo a crecer

La década también fue importante porque la industria discográfica dejó de depender exclusivamente de los gigantes establecidos.

La Library of Congress señala que una decisión judicial relacionada con las patentes de grabación abrió el camino para que durante los años veinte florecieran compañías independientes como Gennett, Brunswick, OKeh y Paramount. Muchas buscaron públicos rurales, étnicos y comunidades que las grandes compañías no habían atendido suficientemente.

Eso importa mucho.

Porque una industria musical verdaderamente grande necesita algo más que artistas.

Necesita sellos, estudios, distribuidores, tiendas, promotores, empresarios, salas, estaciones de radio y públicos dispuestos a comprar o escuchar.

La música popular estaba convirtiéndose en un ecosistema.

La historia que casi nadie cuenta: no todo era jazz

Cuando pensamos en los años veinte solemos imaginar Nueva York, Chicago, jazz, clubes y bailarines. Pero esa imagen deja fuera una enorme cantidad de música.

Los discos también ayudaron a registrar músicas regionales, rurales y de comunidades específicas. La expansión de las compañías independientes permitió que aparecieran grabaciones destinadas a públicos que no necesariamente encajaban en el mercado dominante.

La Library of Congress conserva, por ejemplo, grabaciones de 1922 de Eck Robertson asociadas a los primeros registros comerciales de lo que posteriormente se identificaría con la tradición country y bluegrass, además de grabaciones de músicos irlandeses, blues, jazz y otros repertorios.

La gran revolución de los veinte, entonces, no fue que todo el mundo empezara a escuchar lo mismo.

Fue que cada vez era más fácil que diferentes músicas encontraran una forma de ser grabadas, vendidas y escuchadas.

Más allá del centro habitual

La historia tampoco terminaba en Estados Unidos.

En México, por ejemplo, la música popular de las décadas siguientes estaría marcada por compositores y formas que comenzaron a desarrollarse durante este periodo. Agustín Lara, nacido en 1897, desarrolló desde los años veinte una trayectoria vinculada al bolero, el foxtrot y otras formas de canción popular.

En otras partes de América Latina, el tango, el son y distintas tradiciones regionales continuaban evolucionando y entrando en circuitos urbanos, teatrales y discográficos.

Esto es importante porque la historia de los años veinte no debe entenderse como una simple exportación de música estadounidense al resto del planeta.

Había muchos centros musicales funcionando simultáneamente, aunque algunos terminarían teniendo mayor influencia internacional que otros.

¿Y la controversia?

Los años veinte también revelaron una contradicción que acompañaría a la música popular durante décadas.

Buena parte de las innovaciones que estaban transformando la música estadounidense procedían de músicos afroamericanos. Sin embargo, el acceso a la industria, los escenarios y los públicos estaba condicionado por la segregación racial y por un mercado que podía separar la música según el público al que se dirigía.

El fenómeno de los “race records” permitió que artistas afroamericanos grabaran y encontraran públicos propios, pero también reflejaba la segregación de la industria de la época. La historia de Bessie Smith muestra precisamente cómo una artista podía alcanzar un éxito extraordinario dentro de un sistema que seguía siendo racialmente dividido.

No es una nota al pie.

Es parte de la historia de cómo el jazz y el blues llegaron a convertirse en pilares de la música popular moderna.

Lo que esta década dejó

Los años veinte no inventaron el disco, ni la radio, ni el jazz, ni la figura de la estrella musical.

Lo que hicieron fue conectar esas piezas.

La música podía grabarse.

La radio podía transmitirla.

Las compañías podían distribuirla.

Los públicos podían reconocer a los intérpretes.

Y los artistas podían convertirse en figuras conocidas mucho más allá del lugar donde tocaban.

Por eso, si Antes de 1920 fue la historia de cómo la música aprendió a convertirse en espectáculo, partitura, grabación e industria, los años veinte representan el momento en que esas herramientas comenzaron a trabajar juntas a gran escala.

La siguiente década llevaría esa transformación todavía más lejos.

De la música que podía viajar, a la música que empezaría a acompañar la vida cotidiana.

Ese será uno de los grandes cambios de los años treinta, cuando la radio, las grandes orquestas y la industria del entretenimiento terminarían de convertir la música en compañía cotidiana para millones de personas.

Para profundizar visita la Library of Congress y mira su cronología de la historia del sonido grabado.

También puedes participar de muestro Debate y Trivia relacionados.

En los años veinte, la música comenzó a viajar hasta el público sin que el público tuviera que acudir al lugar donde tocaba el músico: la radio y los discos cambiaron para siempre la relación entre artistas y audiencia.

Experiencia: 😲 Sorprendente

Formato de Consumo: Historia completa

Intención Principal: Evolución

Objeto Principal: Género

Tiempo de lectura: 8 minutos

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